Mi abuela se dedicaba al Storytelling.

Si mi abuela hubiera sabido que lo que hacía con tanta naturalidad tenía un nombre tan raro, se hubiera echado a reír y hubiera dicho ¡déjate en paz de tonterías!, que era algo que ella decía (con el acento extremeño más bonito que escucharé jamás) cuando no se creía nada que no hubiera visto con sus propios ojos. 

Nunca creyó que el hombre hubiera pisado la luna, lo juro por lo que más queráis. Los llamaba destronados, a los astronautas digo, y se enfadaba en serio por creernos tan ingenuos. Confieso que alguna vez pensé que explotaba esa historia porque sabía que nos moríamos de la risa. 

Hacía ganchillo, horas y horas de hilos y agujas diminutas con sus dedos torcidos por la artrosis. Nunca dejó de tejer.

Me pregunto qué enredaría entre sus puntos, aparte de lo obvio.

Cada uno de sus nietos tenemos dos cosas con las que ella se hacía presente en nuestro día a día, una olla exprés y un reloj que tejía en ganchillo y después mandaba a una relojería para que le pusieran la maquinaria. El mío preside la cocina y, la olla, dejó de salir hace tiempo del armario de las cosas que debería haber tirado, pero de momento se queda ahí, que me perdone Mary Kondo

De su vida, de sus padres, de sus hijos, sus vecinas, de la guerra, de sus hermanos… de lo que había sido su vida.

Ella siempre tenía una historia que empezaba con un ven para acá, y cuando te había sentado decía bajito “mira que te diga”. 

Cuando te querías dar cuenta ya estabas sumergida en su relato. 

Descubrí que en realidad se llama Ezequiela y no Emiliana rebuscando en el cajón de la mesilla de su alcoba. Ella me contó porqué y yo supe que un día, Ezequiela, sería mi mejor historia.

Abuela, un día vas a ser mi novela.

Las abuelas tienen eso ¿verdad? Las historias de todas las vidas que se cruzaron con la suya. La mía, ademas, tenía un arte especial para enredarte en su relato. 

Abuela, me pido la mitad de tu talento.

Pero yo en realidad lo que quería contarte era que mi abuela era una genia en el arte de contar historias y que ahora llaman Strorytelling.

Hace unos días no para de asomarme por el pescuezo la idea de volver a escuchar a mi abuela (aunque ahora ya solo sea posible en mi recuerdo) para aprender de lo bien que lo hacía.

Ella contaba sus historias sin perderte de vista ni un instante, bajaba la voz para captar tu atención y que sintieras que te la contaba solo a ti. Añadía dramatismo según correspondiera y algún chascarrillo para sacarte una sonrisa. 

Lo importante era la historia, que se entendiera bien, y no juntaba hilos sin ton ni son, ella los separaba a la perfección para que no te perdieras. Y, siempre, siempre, había una moraleja, o como ella decía: con que ya sabes lo que te quiero decir. 

Unía un hecho con otro con un ahora, para que siguieras la historia como si estuviera pasando en ese momento. Y tenía en la mirada un montón de palabras escondidas que se guardaba para otra ocasión, y tú lo sabias, ella te hacía su complice.

Le gustaba sentirse escuchada y desde luego lo conseguía.  

Algunas veces, como hoy, vuelvo a sacar la aguja de gancho y desafío al ovillo invocando su recuerdo. ¿Qué hacemos hoy abuela? ¿qué contamos? ¿para quién es nuestra historia?

Por no fallar a eso de hacer moralejas, concluyo diciendo que para escribir una buena historia, hay que centrarse en la historia y pensar que el que va a leerte quiere conmoverse, emocionarse, aprender, entretenerse, reírse a carcajadas o tener algo que contar.

La única regla que no deberíamos saltarnos nunca los que escribimos, es que por mucho nombre con que queramos adornar lo que hacemos, lo que hacemos, es contar historias y, para contarlas bien, hay que emocionarse mientras lo haces, buscar la complicidad del otro; del más importante de este lío, que es el lector de nuestras historias.

«Con que ya sabes lo que te quiero decir»


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