Sandra, ¿y tú a que te dedicas?

Empezaría diciendo aquello de: cómo me alegro de que me hagas esa pregunta.

Cuéntame quién eres.

Soy Sandra, tengo 44 años y, aunque nací en Madrid, ciudad de la que estoy enamorada, mis raíces son extremeñas y vascas. Mi infancia estuvo repartida entre estos tres lugares. Mis veranos entre la dehesa extremeña y la playa de la Concha. Aprendí a esperar el verano para reunirme con mis primos en casa de la abuela Emiliana y a mirar el cielo por sí hacía o no, un día de playa. 

Mis abuelas, muy distintas pero igual de especiales, influyeron en mí de una manera peculiar. 

De mi abuela Emiliana hablo continuamente, me enseñó a hacer ganchillo y a contar historias. Y a mi abuela Coro puedo verla ahora en mi madre; cada día se parecen más. 

Llevo casada más de la mitad de mi vida y soy madre de Lara y Eduardo. Ellos son lo más divertido, emocionante, preocupante e inquietante que me ha pasado en la vida.

De niña escribía cuentos, poesías y canciones. Creo que no hay un solo cuento clásico al que yo no le haya cambiado el final. Me fabricaba libretas cortando folios de papel y los cosía con las agujas de lana de mi madre. No recuerdo haber querido ser princesa (pero las heroínas no vivían en los clásicos; ellas llegaron mucho tiempo después) yo siempre imaginaba que era la que impartía la magia, ya fuera el hada madrina o la bruja del este, los duendes que cosían zapatos de madrugada, Juan sin miedo o el sastrecillo valiente.

Nunca escribí un diario, a mí lo que me gustaba era inventar historias, crear personajes, tramas y desenlaces imposibles. La imaginación fue mi mejor amiga de la infancia y no recuerdo haber estado aburrida jamás. Pero después hubo unos años en los que no escribí, aunque sí busqué otras maneras de dar salida a mi creatividad. Creé un grupo de teatro infantil y durante ocho años puse mis historias a su servicio a la vez que compartía con mis hijos los mejores años de nuestras vidas. Escribía pequeños guiones para ellos y les acercaba la poesía y el relato.

Lo recuerdo con mucho cariño. 

Después llegó un día en el que no me quedó más remedio que hacerme cargo de mi talento, ser responsable con lo que yo sabía que había venido a hacer a este mundo y empecé a darle a la escritura el tiempo que se merecen las cosas importantes.

Ya no he dejado de hacerlo.

He auto publicado dos libros, por lo que puedo decir que soy una escritora emprendedora. 

Pero un día…¿todo se complicó?

Sí, un día mi mundo se hizo pequeño y mi vacío muy grande, tuve que buscar ayuda profesional para poder seguir adelante. A pesar de tener una buena vida, dos hijos maravillosos, un compañero que me amaba y un trabajo dónde he aprendido casi todo lo importante, no era feliz. Algo me faltaba y no sabía por dónde empezar.

A veces las cosas son así, vivimos una vida correcta pero no una vida feliz.

Y sobre todo no la vida que queremos…

Creo que le ponemos nota a la vida por lo que tenemos y no por lo que somos. Yo necesitaba saber quién era y me puse manos a la obra. Encontré en la inteligencia emocional y los profesionales que me ayudaron una manera de conocerme y auto gestionarme qué fue la clave para que volviera a escribir y seguir formándome. Las personas que me ayudaron en ese momento de la vida son tan importantes como el que encuentra un vaso de agua en el desierto después de una semana sin beber.

Después de aquello supe que quería ayudar a otras mujeres a reencontrarse con su talento y a ser más felices, a darse permiso, a que encontraran el tiempo y la motivación para que vivieran la vida que deseaban vivir.

¿Qué perfil de mujeres acuden a ti?

Durante los últimos dos años he acompañado a mujeres a gestionar mejor sus emociones, a sanar la relación con ellas mismas y a tener mejores relaciones con su entorno, a ordenar lo intangible; ese universo emocional que a veces por descuido va creando capas de malestar y al que un día no queda más remedio que hacer caso.

Hasta mí han llegado mujeres que necesitaban aceptarse, ordenar su caos emocional, superar rupturas, entender el amor, reconocer su talento, aceptar su realidad. A todos se nos cae la vida alguna vez y este hecho no tiene una edad para ocurrir. A veces son mujeres muy jóvenes que necesitan encontrar su identidad y, otras, son mujeres más maduras que sienten que la han perdido.

Mujeres que sentían que su vulnerabilidad las colocaba en desventaja. Me hace muy feliz saber que la mayoría de ellas han sabido convertirla en su mayor fortaleza

¿Cómo trabajas?

Repasando con ellas su biografía. Cuando repasamos nuestra historia personal encontramos muchas respuestas. Sanamos heridas viejas, recuperamos momentos felices que se nos habían olvidado, perdonamos y, sobre todo, aceptamos.

¿El amor es un tema recurrente en tus sesiones?

Sí, lo han traído ellas vestido de muchas formas diferentes. A veces de años, otras de decepción o de nostalgia. Han hablado de él en pasado y en presente; el futuro han aprendido a dejarlo donde está.

¿Por qué con mujeres?

Primero porque soy mujer y entiendo mejor su universo emocional. Su ciclicidad, pero también porque creo que arrastramos una educación que siempre anteponía el cuidado a los demás por delante de nosotras. 

Creencias limitantes que hace que nos sintamos culpables por pedir o necesitar.

«Nosotras somos más fuertes, como una madre no hay nada, nosotras que sabemos hacer mil cosas a la vez, si tú estás mal ellos están mal, una mujer sabe cuidar de los suyos…» 

Todas estas creencias nos han ido alejando de nosotras y de nuestras necesidades.

¿Cuándo habla la escritora y cuando la Coach?

Me siento mucho más identificada con la escritora que con la Coach. Pero es verdad que de una manera u otra trabajo construyendo historias.

Me atrevería a decir que utilizo a menudo los mismos recursos.

La investigación del personaje, averiguar quién es, de donde viene, cómo se siente, que le pasó para ser así, qué quiere, qué sueña, quiénes le acompañan, a quién añora, cómo se siente guapa, qué le hace crecer y qué le debilita, dónde quiere llegar, qué necesita curar, con qué disfruta, cuál es su talento; qué es eso que hace mejor que nadie.

Es verdad que utilizo el Coaching, pero también técnicas de PNL y muchas herramientas de gestión y comunicación emocional. Aunque esto también está presente en todo lo que escribo.

He descubierto en estos últimos años que lo que nos mueve, nos conecta, nos despierta y nos pone en acción son las palabras y las emociones, por eso trabajo con ellas. Lo mismo delante del folio en blanco que compartiendo conversaciones con las mujeres que vienen al taller de las ideas.

Muchas veces solo necesitamos sentirnos escuchados sin juicios ni valoraciones.

Las conversaciones curan.

Nos  falta tiempo para hablar de nosotros y, aquí, en el Taller de las ideas, se para el tiempo. Se crea el ambiente y ponemos nombre a lo que nos pasa.

Dices que nos falta tiempo…

Así es. Realmente nos falta. Creo que el tiempo es emocional, quiero decir que cuando estamos bien y todo está en orden, sacamos minutos de donde no quedan, pero cuando dejamos que emociones como el miedo, la tristeza o la ira nos secuestren, perdemos mucho tiempo encerrados en nuestra cabeza. Intentamos resolver desde allí y eso no solo no funciona, además nos crea un sentimiento de frustración y pérdida que nos debilita.

Ese sentimiento que nos hace creer que no lo lograremos, que no conseguiremos lo que nos proponemos.

Es cierto que tenemos mil responsabilidades y tareas y que necesitamos organizarnos, pero primero hay que tener identificadas nuestras prioridades y nuestros ladrones de tiempo.

Me doy cuenta de que casi todos atendemos a la urgencia y casi nunca nos queda tiempo para atender a lo que realmente es importante para nosotros. También necesitamos aceptar el momento de la vida por el que estamos pasando: la maternidad, el principio de un trabajo o proyecto nuevo, los años de formación, el principio o el final de una relación, la pérdida de un ser querido y entender que las prioridades cambian, que la vida pasa por etapas y que debemos estar continuamente tomando decisiones y revisando prioridades.

En el caso de las mujeres también su ciclicidad, en definitiva, no dejar que las emociones nos gobiernen; hacerlas inteligentes.

Dices que vivir es un lío

Pero el único lío en el que vale la pena meterse.

Nos empeñamos en crear un entorno seguro y estático, como el que se compra un piso y lo llena de muebles con la esperanza de que le duren toda la vida. Sin deteriorarse, sin que el tiempo y el uso hagan estragos en él. Pero todos sabemos que con el tiempo necesitaremos comprar muebles nuevos y reformarlo. Me gustaría que nos diéramos cuenta de que nosotros somos un poco como esa casa. Hay que hacer reformas, preguntarnos qué necesitamos, atrevernos a cambiar lo que ya no nos gusta o no nos es útil. No pasa nada.

A eso se le llama vivir.

Para terminar ¿qué le dirías a aquellas mujeres que están dudando entre atreverse a cambiar o seguir viviendo la vida que llevan?

Que no es fácil pero que merece la pena. Que la diferencia son más días felices y un futuro más seguro; con cimientos más sólidos. Que la clave está en el autoconocimiento y que todas las respuestas están dentro de nosotras. Y por supuesto que estoy aquí, y que acompañarlas es un regalo.

¿Para cuando tú próximo libro?

Espero que antes de que acabe el año. Estoy muy ilusionada con este nuevo proyecto pero no quiero precipitarme. Ya sabes lo que dicen, «escribe la historia que te gustaría leer».

¿No das alguna pista?

Es un libro de mujeres para mujeres. Abuelas, madres, hermanas, hijas, legados, secretos y confesiones. Una historia que hable de nosotras y del amor sin tonterías.

Bueno, esto daría para otra entrevista, así que lo dejamos aquí.

Nos vemos pronto.

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